martes, 14 de abril de 2026

El viaje que no termina al deshacer la valija


 ¡Próximamente llegará "India. Entre el caos y el silencio"! Publicado por VH Libros en 2026, este libro relata el viaje transformador de ocho mujeres argentinas a través de una tierra de contrastes. En un mosaico de miradas, las autoras comparten cómo la India las desarmó para volver a armarlas, encontrando belleza en la incomodidad y fuerza en la vulnerabilidad. Desde Delhi hasta los Himalayas, estas páginas son un testimonio de sororidad y búsqueda espiritual. No es solo una crónica; es una invitación a dejarse atravesar por lo desconocido. ¡Un lanzamiento imperdible!




Viajar es mucho más que acumular sellos en un pasaporte o tildar destinos de una lista. Para mí, un viaje se recuerda verdaderamente por ese "plus" que deja: lo inesperado, lo que no figura en ninguna guía turística y que solo nos pertenece a nosotros. Sin embargo, si no nos detenemos a pasarlo por el tamiz de la escritura, esas experiencias corren el riesgo de desvanecerse en el ruido del día a día.

 Al esscribir, no solo evito el olvido, sino que me obligo a una reflexión profunda que transforma la anécdota en aprendizaje. Registro los aromas que me transportaron, los diálogos que capturé al pasar y hasta aquello que preferiría que nadie supiera.

En LEIA siempre digo que el futuro de la escritura se crea, pero para crearlo debemos entender nuestro pasado. Dejar constancia escrita de nuestros recorridos es un acto de generosidad con nuestra propia historia: es la única forma de volver a casa de verdad, con la mirada renovada y la certeza de que cada paso tuvo un sentido.

Virginia


sábado, 7 de marzo de 2026

 

Reflexiones sobre la voz y la memoria

La práctica del audiolibro ha ganado una popularidad imparable. Se estima que su mercado crecerá un 26.4% anual en la próxima década, frente al modesto 1.9% del libro impreso. Son los jóvenes (18 a 29 años) quienes lideran esta tendencia, integrando la literatura mientras corren, conducen o realizan tareas domésticas. Es, ante todo, una forma de optimizar el tiempo.

Sin embargo, persiste una duda en el aire: ¿es la misma experiencia?

Hace poco, en mi taller de escritura, alguien comentó que no podía decir que había "leído" ciertos libros porque solo los había escuchado. Me quedé pensando. Yo misma, al repasar mis lecturas del año, tardé en registrar los audiolibros que había escuhado. Como si la falta del soporte físico les restara peso en nuestra memoria.

La importancia de la escucha

Es cierto que la lectura en papel fomenta una concentración profunda, pero no debemos olvidar que la narración oral es nuestra raíz más antigua. Antes de la imprenta, las historias se transmitían de generación en generación a través de la voz.

En mi libro "Consignas, ejercicios y lecturas para escribir autobiografía", explico que aprender a escuchar es una herramienta fundamental, no solo para el lector, sino para el escritor:

"Para aprender a evaluar el relato de un compañero, comenzamos por identificar nuestras emociones al escuchar el texto... Lo más importante es lograr una escucha sin filtros (Goethe escribió que le llevó toda la vida conseguirlo)".

Si escuchar historias es la base de nuestra formación emocional y crítica en un taller, ¿por qué habría de ser "menos" al consumir un libro?

Un estudio de 2016 sugiere que no hay diferencias significativas en la comprensión entre leer y escuchar, pero sí en la forma en que el cerebro procesa la información. El audiolibro puede ser una experiencia vívida y coral. Un gran ejemplo es El único avión en el cielo de Garrett Graff, donde un elenco de 45 voces recrea el 11-S a través de testimonios y transcripciones, logrando una inmersión que el papel, a veces, procesa de forma más distante.

Como menciono en "El escritor autobiográfico", la búsqueda de la verdad y la esencia de una historia a veces requiere utilizar todos los sentidos:

"La mejor descripción es la que resulta de una mirada personal interesante, la que condensa y distingue lo esencial, la que descubre lo inesperado, algo que estaba ahí pero que no éramos capaces de ver".

A veces, "escuchar" nos permite "ver" ese matiz inesperado en la voz del narrador que se nos escapa en la lectura silenciosa.

Hoy, los audiolibros y los podcasts están reviviendo esa antigua tradición de contar historias. No es "menos", es simplemente volver a casa, a nuestras raíces orales. Al final del día, lo que importa no es solo cómo el texto entra en nosotros —si por los ojos o por los oídos— sino qué rastro deja en nuestra propia historia.

martes, 17 de febrero de 2026

Laura Moro desde Miami


 

Miami, febrero 2026   



VIRGINIA HAURIE apareció en mi vida cuando recomenzó la Democracia en la Argentina. El Presidente Alfonsín se dio cuenta de que el miedo había logrado atomizar a una sociedad tradicionalmente solidaria. El miedo se prolongó  mucho más que las cárceles del pueblo y los Ford Falcon verdes!

ATC comenzó a mostrar que esa sociedad rota  podía volver a nuclearse sin peligro de muerte o desaparición. Yo conducía un noticiero diario y sus contenidos eran los acontecimientos que  producía la propia sociedad, Organizaciones sin fines de lucro, Clubes, Organizaciones de la salud, Grupos de padres, etc. Ahí conocí a Virginia Haurie; ella lideraba  Cultura en los Barrios (Ciudad de Bs As).  Esa red propició la interrelación de vecinos compartiendo los mismos problemas y las mismas felicidades. Entonces supe que Virginia era escritora. 

Con el paso de los años y el torrente de acontecimientos que jalonan la vida, yo me mudé a los Estados Unidos, y me radiqué en Miami, todo iba progresando bien hasta que un día, posterior al Covid, me detectaron  un primer tumor, y más tarde otro.

En ese momento surgió la señal!!! ¨Tienes que dar forma a tu libro¨ No quise escribir una Autobiografía y tampoco un Manual, por eso consulté a Virginia. La tecnología ha revolucionado nuestros caminos de encuentros, aprendizajes, negocios y tutorías.

En los 22 años de vida en Miami nos acostumbramos a escuchar las variantes del Idioma español MUY variopinto. No solo el acento original está modificado en más de 20 variantes, sino que el significado de las palabras es múltiple y hasta antagónica, la manera de organizar la oración es  muy diferente de un país a otro, en fin, una especie de crecimiento de dialectos a veces incomprensibles.  Ante la necesidad de conquistar  claridad en los medios Hispanos, las piezas del destino me llevaron a aplicar mis estudios como profesora de español, como locutora y mis años de experiencia  ante cámaras y micrófonos en la Argentina a tratar de generalizar un idioma comprensible para difundir noticias, animar programas, hacer comentarios, grabar mensajes publicitarios y transformar a los Talentos en Comunicares.

Buena parte de esa experiencia está en el libro que escribí con el Coaching de Virginia Haurie  y que se llama ¨Laura Moro Te Ve. Del sueño al éxito¨. ¿Cómo trabajamos?

Mis entregas tenían una periodicidad desprolija. No me voy a justificar bajo las instancias de   mis tratamientos, no, por el contrario,  ese fue el estímulo, la vitamina que me curó la autocompasión. Nunca dije: ¨Por qué a mí?¨

Virginia, con su guía, paciencia e insistencia me fue jalando, corrigiendo, orientado y solucionando problemas como la discontinuidad, y muchos otros: Escribo en primera persona?,  el largo de las oraciones, las repeticiones que se dan cuando se estira mucho el proceso, y la dinámica para que la trama no decaiga, para que un capítulo y otro puedan  captar al  lector. 

Ella a a lo largo de 2 años, y a 7,000km de distancia leyó cada envío, corrigió mis borradores,  me ordenó, me ayudó cuando estaba trabada, me ayudó a elegir y  a eliminar,  y una vez que consideró que ¨teníamos ya un libro¨,  le dio forma, para su publicación  en papel, y para su venta digital, ambas con la tecnología de Amazon. Confieso que yo no tenía ninguna idea de este proceso. Virginia lo hizo todo, le dio forma a la tapa, a las fotos, a las viñetas, a los números de página y hasta a cómo  patentarlo.

A posteriori ella sigue atenta y sabe mejor que yo si se ha vendido, y sobre como promoverlo. O sea que desde la primera chispa de la mente que te dice; ¨Ponte a escribir!!!  hasta la alegría de recibir la caja de MIS libros, Virginia Haurie lleva al escritor hacia la meta de PUBLICAR TU LIBRO!!

¡Gracias Virginia!   

Laura Moro


lunes, 16 de febrero de 2026

Escribir en tiempos de algoritmos: Por qué iniciamos un nuevo ciclo de talleres

 



¿Qué pensaría Shakespeare de una "Asistente Virtual"? Probablemente, tras el asombro inicial, sonreiría al ver que, a pesar de los siglos y la tecnología, el impulso humano sigue siendo el mismo: la necesidad de contar una historia, de encontrar la palabra justa, de ser escuchados.

Hoy, entre pantallas y notificaciones, abrir un espacio para el taller literario es, en cierta medida, un acto de rebeldía. Es decidir que nuestra voz merece un tiempo propio, fuera del ruido digital.

Un espacio para el encuentro

Este nuevo inicio de talleres no es solo una serie de clases; es la apertura de un refugio creativo. Mi asistente virtual ya ha organizado los calendarios y los correos, pero el alma del taller la ponen ustedes. En cada sesión buscamos:

  • La escucha atenta: Porque para escribir bien, primero hay que aprender a leer el mundo.

  • La técnica al servicio de la emoción: Herramientas que nos permitan dar forma a eso que bulle en el interior.

  • La comunidad: Descubrir que nuestras dudas frente a la hoja en blanco son compartidas.

Coordenadas 

Si sientes el llamado del lápiz (o del teclado), las puertas están abiertas. Aquí te comparto la hoja de ruta para este ciclo:

Cómo sumarte

📅 Días: lunes 10.30 presencial en Belgrano Bs As . Jueves 10.30  y 16h zoom
¿Cómo inscribirte o consultar detalles?No hace falta enviar un mensajero a caballo, puedes hacerlo de forma simple: 
📧 Correo: vhaurie@yahoo.com
📲 WhatsApp: +5491133633188

Como decía el bardo de Avon: "Sabemos lo que somos, pero no lo que podemos llegar a ser". Quizás, lo que podemos llegar a ser empiece con la primera frase de este taller.

Te espero para escribir juntos.




miércoles, 21 de enero de 2026

20 años 20 libros

 


Veinte años, veinte libros:

Un archivo vivo de la memoria

 

Han pasado todos esos años desde que abrí las puertas de mi casa para el primer taller. Veinte años de escuchar historias, de acompañar a otros en el acto de hurgar en la memoria, de ver cómo las palabras curan. Y en ese tiempo, hemos ido construyendo juntos algo más grande que la suma de nuestros textos: una conversación entre generaciones, entre dolores y alegrías, entre lo que fuimos y lo que seguimos siendo.

Este libro reúne las palabras que nos atravesaron, las que nos hicieron detener la lectura en el taller, las que nos obligaron a volver sobre ellas porque tocaban algo profundo. No están aquí por bellas —aunque muchas lo son—, sino porque cada una abrió una rendija por donde se coló la verdad.

Los primeros años: aprender a hablar sin mentir

En 2006, Perla Chama escribió: “Aquí estoy frente a esta vida nueva, una vida amenazada para siempre, que no se sabe adónde va a caer”. Estábamos recién empezando, todavía tanteando cómo contar sin pudor, sin el maquillaje de la literatura “bien escrita”. Y Perla nos mostró que la vulnerabilidad era el punto de partida.

Ese mismo año, Rosalía Odessky nos regaló una imagen que todavía me persigue: “En este momento, ya cruzada la barrera de los setenta, estoy estudiando cómo ese gran bagaje de palabras que me pertenecían y atesoraba, y creía que serían para siempre mías, como el color de mis ojos, lentamente se me esfuman, y sabiéndolas no puedo articularlas sonoramente”. Ahí entendimos que escribir era también un acto de resistencia contra el tiempo.

Y cuando Silvia Winer soltó “¡quién te quita lo bailado y quién te ve lo cogido!”, nos reímos hasta que nos dolió la panza. porque no todo tenía que ser solemne. la vida también es eso: la alegría que nadie nos puede quitar.

En 2007, Eliana Mutio confesó algo que muchos sentían pero nadie se animaba a decir: “decir escribo literatura’ era casi obsceno. no tenía derecho, ni virtudes, ni antecedentes”. estábamos ahí para demoler esa idea, para decir que sí, que todos teníamos derecho a contar nuestra historia.

Ese año también apareció Susana J. Facorro con una escena que nos dejó sin aire: “Las puso sobre los leños que estaban ardiendo dentro de la chimenea del living y se quedó mirando como se quemaban, escuchando el chisporroteo del fuego que, con sus llamas rojizas, envolvía y destrozaba el papel”. Algunos objetos que quemamos son documentos. Otros, memorias.

2008-2010: La memoria como territorio

Para 2008 ya sabíamos que estábamos haciendo algo importante. Enriqueta Aguiló nos partió el corazón cuando escribió: “Sigo acostándome desnuda, destapada, con mi redondez al aire por si Juan se da vuelta. No duermo profundamente, no vaya a ser que no sienta su mano”. El deseo no termina con los años. El amor tampoco.

Marta Slemenson, con su lucidez característica, nos dio esta definición: “La memoria a cierta edad es como una larga carretera con paisajes grises y desdibujados donde, de pronto, algunos eventos sobresalen iluminados con trazos fuertes. Es lo que llamamos recuerdos”. Y así era: escribíamos buscando esos trazos fuertes.

Perla volvió en 2008 con otra frase que se nos quedó: “Entendí lo que es el Tikun, tomarse del brazo para apoyarse en el otro. Administrar lo que hay”. Porque la vida, al final, es eso, administrar lo que hay con quien tenemos al lado.

En 2009 apareció una reflexión colectiva que todavía uso en el taller: “La memoria es un queso gruyere, lleno de agujeros. Se equivoca y a veces es capaz de recordar lo que nunca sucedió. Pocas cosas son más impuras y nada más vivo: la memoria seduce, manipula, transforma, niega, señala, destaca, ensombrece”. Habíamos aprendido que escribir no era reproducir el pasado sino reinventarlo.

Matilde Deaige nos mostró el dolor puro: “Aquel día María se quedó mirando la puerta, esperando que viniera a almorzar. Nunca se recuperó de esa ausencia y cuando lo hacía, sólo quería morir para estar con él”.

Tuche Riesco nos recordó que la historia grande siempre se cuela en las pequeñas: “Un detalle insignificante determinó que me inscribieran en la Nacional: La señorita Zulema, directora de la Fiscal, era la cuñada del intendente, un radical”.

Cristina Lapeyre reflexionó sobre el acto mismo de escribir: “Escribir es abrir el alma a nuevas dimensiones, entrar en el universo de los recuerdos y suplir los agujeros negros con creatividad”. Y Eliana Mutio agregó: “Creo en el lenguaje, que somos seres lingüisticos. Creo en las afirmaciones de buena fe, en los juicios que crean mundos, y en los de quebrantos que anteceden los resurgimientos”.

María Lucila Ocampo nos dejó una imagen simple y perfecta: “La luz matinal cambia el escenario, lo hace más familiar”.

Para 2010, Gory Socolovsky había llegado al taller con su voz directa y sus labios siempre pintados: “Mamá me despidió con estas palabras ‘sos la primera hija que se va de mi lado, sola y sin dinero, si querés ser puta vas a ser puta y si querés ser médico vas a ser médico’”. Madres, un tema siempre presente en la literatura.

Ana María Cigada reflexionó sobre el tiempo: “No imaginaba que casi cincuenta años después yo sería parte de las ‘causeries’ que darían origen a los entrañables textos de este libro”.

Y Velia Lina Hoffmann sintetizó décadas de historia argentina en una frase dolorosa: “Inflación, miseria, emigración, inmigración, inflación, miseria”.

2011-2015: Crecer en la escritura

Los años siguientes nos consolidamos. En 2011, Angélica Herrera Madariaga escribió: “La niña creció como una huérfana rica pero pobre de afectos”. Una frase que contenía una vida entera.

Marta Slemenson nos hizo reír porque nos vimos reflejados: “Para mí que no soy religiosa, esa sería mi imagen del purgatorio: una larguísima espera sin nada que leer”. Éramos una comunidad de lectores compulsivos.

Gory volvió con otra perla: “No importa, pero yo sin papeles no voy a ninguna cama”. Y Adelaida Wartensleben nos regaló esta definición: “La belleza para ti era lo que sentías, no lo que veías. Era tener frente a ti un bello paisaje y observarlo con tal profundidad que lo caminabas en tus pensamientos y a través de tu mirada”.

En 2012 llegó una de las frases más hermosas de toda la colección. Daniela Dreyfus escribió: “Habrá una primavera que será mi otoño. Las flores serán iguales, los pájaros los mismos, los jacarandás se teñirán de azul y las tipas lloverán dijes de oro. Los árboles seguirán floreciendo y dando sus frutos. Pero yo, ya no”. Nos quedamos callados después de leerla. ¿Qué se puede decir frente a eso?

Angélica Herrera Madariaga nos dio otra imagen inolvidable: “Murió virgen de toda caricia, en la cama. La tía Pocha tenía el cabello bien negro y los fríos labios pintados de rojo”. Angélica sabe ver los detalles que revelan vidas enteras.

Y Christiane Dosne Pasqualini nos sorprendió con esta anécdota: “Me sorprendió agradablemente la intervención del Dr. Alberto Agrest, quien me dedicó su último libro: ‘a mi querida enemiga’”.

Para 2013, Irene Hinz nos dejó una paradoja perfecta: “No tener esperanza da una paz rara”. Y Adelaida Wartensleben confesó: “El auto era el cuerpo perfecto que yo no tenía”. Empezábamos a animarnos a decir las cosas incómodas, las que no se dicen en las reuniones familiares.

Matilde Deaige nos llevó a la guerra con esta imagen: “Encierran dolor, miedo, locura las botas de los soldados en guerra, esas que relucen en los desfiles militares y sin piedad se cubren de sangre, barro, bosta, alimañas cuando se aferran a los pies de los combatientes, los que matan sin saber a quién y mueren sin saber por qué”.

En 2014, Cristina Lapeyre escribió sobre la muerte de su madre: “No pude soportar el dolor y comencé a gritar como un animal herido, mi dulce madre, mi compañera, mi amiga me había abandonado, era huérfana, sí, huérfana a los veintinueve años, no importa la edad, el sentimiento de orfandad estaba allí...”. La orfandad no tiene edad. Eso lo aprendimos juntos.

Y María Cristina Moreiras nos dio una imagen de dolor contenido: “Aniello caminaba mordiendo un trapo para atrapar el dolor”.

En 2015, Marta Fingueret nos regaló una imagen llena de color: “Juro que en ese momento, sentí que yo, allá lejos y hace tiempo, cuando trasponía la puerta de mi casa con mi hija recién nacida en brazos, miles de amarillos, rojos, verdes y azules, como esos de Chagall, bañados por un tibio rayo de sol que se colaba hacia adentro, nos daban la bienvenida”.

Susana Facorro escribió sobre la pérdida con ternura: “Me siento elegida porque está bueno saber que en algún lugar del cielo hay un angelito que es solamente mío”.

2016-2020: Los detalles que nos definen

Para 2016, Irene Hinz nos atravesó con esto: “Cuando hace una semana sacaron las viejas alfombras pensé que en ellas se iban pelos míos, de Marcelo, de mis hijos y de Attila, pedacitos de nuestras pieles, minúsculas partes de juguetes, polvillo de colores que usaron para pintar, restos de comida, miles de pequeños fragmentos que componían nuestra vida en familia, de la que ya no queda nada palpable”. Las alfombras guardan vidas enteras.

Jorge Lindman se desnudó en una de sus historias: “A esta altura pido tranquilidad al lector, yo corté la saga de golpeadores de mi familia, pero creo que pagué un precio muy alto. Me explico, el no haberme desquitado la mufa maldita -que me dejaron mi abuelo y mi madre- ni con mi ex mujer ni con mi hija, me convirtió en el perdedor que soy”.

Y Christiane Dosne Pasqualini nos dejó esta frase perfecta: “Soy una suertuda en convalecencia”.

En 2017, Rosalía Odessky nos contó una escena que presenció y no se nos va a olvidar nunca: “Ella quería ir a la sepultura de su novio, que había muerto hacía poquitísimos días en un accidente, para casarse con él porque ese día habría sido su boda. Por ese motivo se había puesto con su vestido de novia. Nunca pude sacarme esa imagen de mi vista”. Tampoco nosotros pudimos.

Paula Ron nos hizo pensar con esta pregunta: “¿A dónde van mis acentos cuando dejo de utilizarlos?”. Y Liliana Mandingorra reflexionó: “Pienso y concluyo que yo soy una persona con una variedad infinita de yoes”.

Daniela Dreyfus, siempre provocadora: “Mis penas están escondidas, espero que no las encuentren. Les dejo la paz de no creer en ningún Dios sino en ustedes mismos”.

En 2018, Marta Fingueret sintetizó una paradoja perfecta: “El olvido está lleno de memoria”.

Liliana Mandingorra volvió con otra sorpresa: “No tenía idea del por qué, pero a mí me caían muy pero muy mal esas frases con sujeto sobreentendido”.

Y María Teresa Lavalle nos dio esta imagen: “El tiempo parecía congelado, como sus pies en las sandalias de taco chino”.

Para 2019, María Cristina Moreiras nos dio una frase: “En mi familia muchas veces el silencio se puede leer como un ‘Te quiero’, así somos los gallegos”.

Y Luis Pees Labory escribió sobre la pérdida de un amigo: “Dice una canción de Alberto Cortés: ‘cuando un amigo se va, queda un espacio vacío’, bueno, a mí me quedó un espacio vacío muy muy grande. Tanto, que hasta que pase un buen tiempo no sé si podré dimensionarlo”.

2020: La pandemia nos encontró escribiendo.

El 2020 nos cambió a todos. Guillermo Alchouron lo resumió así: “Pandemia significa simplemente miedo. Miedo a morir. Significa la separación de los seres que se aman. No poder ni dar ni recibir la expresión física del cariño”. Pero seguimos escribiendo, ahora por Zoom, con las cámaras encendidas, sosteniéndonos.

Paula Ron nos mostró que la vida continuaba: “Un día supe que lo habías logrado, cuando te vi que pintabas tus labios de rojo intenso para ir a la oficina”.

Teyi Guaita expresó lo que todos sentíamos: “Qué locura, qué castigo habrá caído sobre este planeta para que estemos viviendo esta vida de encierro...”.

María Teresa Lavalle reflexionó: “La libertad ese bien tan preciado que por tenerlo no le damos el valor que merece, hoy la añoramos”.

Y Clara Sas encontró fortaleza: “La pandemia me conectó con una antigua capacidad de dar pelea a circunstancias adversas”.

2021-2024: Seguimos contando

En 2021, Ana Piazzetta escribió sobre la muerte con una belleza que duele: “La muerte, la única realidad, la única certeza, la única que nos espera al final del túnel, para darnos todo lo que la vida no pudo: un abrazo eterno”.

Beatriz Aiziczon nos sorprendió con esta conexión inesperada: “Los inmensos caracoles de las arenas blancas del Pacífico fueron capaces de traerme el recuerdo de mi abuela con sus caracoles traídos de Rusia”.

Tony Mella nos habló del taller mismo: “Al quitar temores las luces literarias acceden a ser: ¡Mi Taller Literario! Luz encendida para comprobar la bendita propia oscuridad”.

Y Beatriz Aiziczon agregó: “La biblioteca representó un espacio imprescindible en mi infancia y adolescencia”.

Para 2022, Silvia Winer nos dio esta imagen dolorosa: “Ella, que siempre se sintió una muñeca brava, como la del tango, ahora se veía como una muñeca rota en mil pedazos que habría que re armar para que pudiera empezar a caminar de nuevo por la vida”.

Moisés Burachik nos hizo sonreír con su ironía cuando escribimos nuestros posibles epitafios : “Aquí yace..., ¡quién diría!, ¿no?”.

Teyi Guaita nos dio una metáfora perfecta para lo que hacíamos en el taller: “Si somos pacientes para sacar una a una las hojas de un alcaucil, saboreándolas lentamente, tendremos el placer de deleitarnos al llegar al corazón. Es como arrancar las capas superfluas que nos envuelven para dejar ver lo profundo que hay detrás y que muchas veces es sutil y precioso”. Eso era escribir autobiografía: llegar al corazón.

Y Guillermo Alchouron reflexionó: “En la bondad hallamos nuestra sabiduría, que es un camino arduo, ‘como andar en El filo de la navaja’”.

En 2023, Matilde García Moritán nos regaló una escena de deseo puro: “De repente nos miramos, y él, despacio, apoya su mano sobre la mía y la acaricia. En ese momento, por primera vez y quizás única en mi vida, siento algo tan intenso y tan arrasador, que no puedo respirar, no puedo pensar, solo existe el deseo de estar ahí. Ansío que ese momento sea eterno. Cierro los ojos y tengo un pensamiento extraño, quisiera morirme en ese instante”.

Pepe López de Lagar nos llevó al horror con todos los sentidos: “Y el olor. Ese olor que aún hoy lo siento como el recuerdo del horror. Era un olor penetrante que estuvo presente durante mucho tiempo. Una espantosa mezcla de azufre, revoque suelto y carne quemada, que con el agua de los bomberos, las pérdidas de las cloacas y la fría humedad del crudo invierno, me hacían temblar de asco y miedo”.

Silvia Furque fue directa: “Creo que era un padre presente solo para maltratar a sus vástagos y a su mujer”.

Marialex Borel Haurie nos hizo reír con esta discusión doméstica: “Mariale, por favor, tirá, sino ¿quién lo va a hacer?, ¡¿dejás todo eso a nuestras hijas?!”.

Julieta de Lourdes Romero nos dejó esta imagen poética: “Él apenas notaba su presencia, aunque la luz blanca se reflejara en sus ojos y la hiciera ver más bella”.

En 2024, nuestro año veinte, María Lucila Ocampo escribió: “¡Mamá!, ¡cuántas cosas te querría contar... pero tal vez callaría para no herirte! Dejo fluir mis emociones como gotas de agua que se deslizan por mi mejilla y alcanzan mi pijama”.

Ana Piazzetta cerró con sabiduría: “Entonces, comprendí que no soy quien para juzgar las andanzas de mis antepasados. Todos tenemos una familia, cada familia tiene una historia, cada historia está moldeada por el contexto y las versiones de esas historias cambian según quien la cuenta”; y con voces nuevas como la de Graciela Mazzuchi con una despedida que busca sellar una amistad: “Yo pienso quedarme siempre con ustedes en el pensamiento, así puedo volver en cualquier momento”.

Silvia Furque nos dio una imagen memorable: “El diseño de los canteros era extremadamente caprichoso. Eso tenía una explicación: se había desplomado su casa por la acción de terremoto, y solo habían quedado en pie los cimientos de piedra. Allí, donde la tierra borraba la huella del terreno, había diseñado los canteros de piedra. ¡Esa secreta forma del tiempo!”.

Y Jorge Lindman nos dejó una última provocación: “la felicidad no da dividendos literarios, la buena vida sólo rinde frutos escritos en la revista Hola y por lo tanto la gran literatura ha sido y será siempre una suerte de válvula de escape social del infortunio humano”.

Una de las editoriales recordó por qué hacíamos todo esto: “Escribimos para conmover, entretener, jugar, aprender, recordar, no olvidar, echar algo de luz al misterio de vivir y, casi siempre, para ser amados y comprendidos”.

Veinte años. Veinte libros. Decenas de voces que se atrevieron a decir yo estuve, yo viví, yo sentí. Y aquí seguimos, todavía con ganas de seguir escribiendo una historia más.





 

En esto estoy

Consignas y lecturas para escribir autobiografia

  Próximo a publicarse. Los recuerdos que tenemos de lo vivido son como piezas desordenadas de un rompecabezas con la particularidad que n...