Veinte años, veinte libros:
Un archivo vivo de la memoria
Han pasado todos esos años desde que
abrí las puertas de mi casa para el primer taller. Veinte años de escuchar
historias, de acompañar a otros en el acto de hurgar en la memoria, de ver cómo
las palabras curan. Y en ese tiempo, hemos ido construyendo juntos algo más
grande que la suma de nuestros textos: una conversación entre generaciones,
entre dolores y alegrías, entre lo que fuimos y lo que seguimos siendo.
Este libro reúne las palabras que nos
atravesaron, las que nos hicieron detener la lectura en el taller, las que nos
obligaron a volver sobre ellas porque tocaban algo profundo. No están aquí por
bellas —aunque muchas lo son—, sino porque cada una abrió una rendija por donde
se coló la verdad.
Los primeros años: aprender a hablar
sin mentir
En
2006, Perla Chama escribió: “Aquí estoy frente a esta vida nueva, una vida
amenazada para siempre, que no se sabe adónde va a caer”. Estábamos recién
empezando, todavía tanteando cómo contar sin pudor, sin el maquillaje de la
literatura “bien escrita”. Y Perla nos mostró que la vulnerabilidad era el
punto de partida.
Ese mismo año, Rosalía Odessky nos
regaló una imagen que todavía me persigue: “En este momento, ya cruzada la
barrera de los setenta, estoy estudiando cómo ese gran bagaje de palabras que
me pertenecían y atesoraba, y creía que serían para siempre mías, como el color
de mis ojos, lentamente se me esfuman, y sabiéndolas no puedo articularlas
sonoramente”. Ahí entendimos que escribir era también un acto de
resistencia contra el tiempo.
Y cuando Silvia Winer soltó “¡quién
te quita lo bailado y quién te ve lo cogido!”, nos reímos hasta que nos
dolió la panza. porque no todo tenía que ser solemne. la vida también es eso:
la alegría que nadie nos puede quitar.
En
2007, Eliana Mutio confesó algo que muchos sentían pero nadie se animaba a
decir: “decir escribo literatura’ era casi obsceno. no tenía derecho, ni
virtudes, ni antecedentes”. estábamos ahí para demoler esa idea, para decir
que sí, que todos teníamos derecho a contar nuestra historia.
Ese año también apareció Susana J.
Facorro con una escena que nos dejó sin aire: “Las puso sobre los leños que
estaban ardiendo dentro de la chimenea del living y se quedó mirando como se
quemaban, escuchando el chisporroteo del fuego que, con sus llamas rojizas,
envolvía y destrozaba el papel”. Algunos objetos que quemamos son
documentos. Otros, memorias.
2008-2010:
La memoria como territorio
Para 2008 ya sabíamos que estábamos
haciendo algo importante. Enriqueta Aguiló nos partió el corazón cuando
escribió: “Sigo acostándome desnuda, destapada, con mi redondez al aire por
si Juan se da vuelta. No duermo profundamente, no vaya a ser que no sienta su
mano”. El deseo no termina con los años. El amor tampoco.
Marta Slemenson, con su lucidez
característica, nos dio esta definición: “La memoria a cierta edad es como
una larga carretera con paisajes grises y desdibujados donde, de pronto,
algunos eventos sobresalen iluminados con trazos fuertes. Es lo que llamamos
recuerdos”. Y así era: escribíamos buscando esos trazos fuertes.
Perla
volvió en 2008 con otra frase que se nos quedó: “Entendí lo que es el Tikun,
tomarse del brazo para apoyarse en el otro. Administrar lo que hay”. Porque
la vida, al final, es eso, administrar lo que hay con quien tenemos al lado.
En
2009 apareció una reflexión colectiva que todavía uso en el taller: “La
memoria es un queso gruyere, lleno de agujeros. Se equivoca y a veces es capaz
de recordar lo que nunca sucedió. Pocas cosas son más impuras y nada más vivo:
la memoria seduce, manipula, transforma, niega, señala, destaca, ensombrece”.
Habíamos aprendido que escribir no era reproducir el pasado sino reinventarlo.
Matilde Deaige nos mostró el dolor
puro: “Aquel día María se quedó mirando la puerta, esperando que viniera a
almorzar. Nunca se recuperó de esa ausencia y cuando lo hacía, sólo quería
morir para estar con él”.
Tuche Riesco nos recordó que la
historia grande siempre se cuela en las pequeñas: “Un detalle insignificante
determinó que me inscribieran en la Nacional: La señorita Zulema, directora de
la Fiscal, era la cuñada del intendente, un radical”.
Cristina Lapeyre reflexionó sobre el
acto mismo de escribir: “Escribir es abrir el alma a nuevas dimensiones,
entrar en el universo de los recuerdos y suplir los agujeros negros con
creatividad”. Y Eliana Mutio agregó: “Creo en el lenguaje, que somos
seres lingüisticos. Creo en las afirmaciones de buena fe, en los juicios que
crean mundos, y en los de quebrantos que anteceden los resurgimientos”.
María Lucila Ocampo nos dejó una
imagen simple y perfecta: “La luz matinal cambia el escenario, lo hace más
familiar”.
Para
2010, Gory Socolovsky había llegado al taller con su voz directa y sus labios
siempre pintados: “Mamá me despidió con estas palabras ‘sos la primera hija
que se va de mi lado, sola y sin dinero, si querés ser puta vas a ser puta y si
querés ser médico vas a ser médico’”. Madres, un tema siempre presente en
la literatura.
Ana María Cigada reflexionó sobre el
tiempo: “No imaginaba que casi cincuenta años después yo sería parte de las
‘causeries’ que darían origen a los entrañables textos de este libro”.
Y Velia Lina Hoffmann sintetizó
décadas de historia argentina en una frase dolorosa: “Inflación, miseria,
emigración, inmigración, inflación, miseria”.
2011-2015:
Crecer en la escritura
Los años siguientes nos consolidamos.
En 2011, Angélica Herrera Madariaga escribió: “La niña creció como una
huérfana rica pero pobre de afectos”. Una frase que contenía una vida
entera.
Marta Slemenson nos hizo reír porque
nos vimos reflejados: “Para mí que no soy religiosa, esa sería mi imagen del
purgatorio: una larguísima espera sin nada que leer”. Éramos una comunidad
de lectores compulsivos.
Gory volvió con otra perla: “No
importa, pero yo sin papeles no voy a ninguna cama”. Y Adelaida
Wartensleben nos regaló esta definición: “La belleza para ti era lo que
sentías, no lo que veías. Era tener frente a ti un bello paisaje y observarlo
con tal profundidad que lo caminabas en tus pensamientos y a través de tu
mirada”.
En
2012 llegó una de las frases más hermosas de toda la colección. Daniela
Dreyfus escribió: “Habrá una primavera que será mi otoño. Las flores serán
iguales, los pájaros los mismos, los jacarandás se teñirán de azul y las tipas
lloverán dijes de oro. Los árboles seguirán floreciendo y dando sus frutos.
Pero yo, ya no”. Nos quedamos callados después de leerla. ¿Qué se puede
decir frente a eso?
Angélica Herrera Madariaga nos dio
otra imagen inolvidable: “Murió virgen de toda caricia, en la cama. La tía
Pocha tenía el cabello bien negro y los fríos labios pintados de rojo”.
Angélica sabe ver los detalles que revelan vidas enteras.
Y Christiane Dosne Pasqualini nos
sorprendió con esta anécdota: “Me sorprendió agradablemente la intervención
del Dr. Alberto Agrest, quien me dedicó su último libro: ‘a mi querida
enemiga’”.
Para
2013, Irene Hinz nos dejó una paradoja perfecta: “No tener esperanza da una paz
rara”. Y Adelaida Wartensleben confesó: “El auto era el cuerpo perfecto que
yo no tenía”. Empezábamos a animarnos a decir las cosas incómodas, las que
no se dicen en las reuniones familiares.
Matilde Deaige nos llevó a la guerra
con esta imagen: “Encierran dolor, miedo, locura las botas de los soldados
en guerra, esas que relucen en los desfiles militares y sin piedad se cubren de
sangre, barro, bosta, alimañas cuando se aferran a los pies de los
combatientes, los que matan sin saber a quién y mueren sin saber por qué”.
En
2014, Cristina Lapeyre escribió sobre la muerte de su madre: “No pude soportar
el dolor y comencé a gritar como un animal herido, mi dulce madre, mi
compañera, mi amiga me había abandonado, era huérfana, sí, huérfana a los
veintinueve años, no importa la edad, el sentimiento de orfandad estaba
allí...”. La orfandad no tiene edad. Eso lo aprendimos juntos.
Y María Cristina Moreiras nos dio una
imagen de dolor contenido: “Aniello caminaba mordiendo un trapo para atrapar
el dolor”.
En
2015, Marta Fingueret nos regaló una imagen llena de color: “Juro que en ese
momento, sentí que yo, allá lejos y hace tiempo, cuando trasponía la puerta de
mi casa con mi hija recién nacida en brazos, miles de amarillos, rojos, verdes
y azules, como esos de Chagall, bañados por un tibio rayo de sol que se colaba
hacia adentro, nos daban la bienvenida”.
Susana Facorro escribió sobre la
pérdida con ternura: “Me siento elegida porque está bueno saber que en algún
lugar del cielo hay un angelito que es solamente mío”.
2016-2020:
Los detalles que nos definen
Para 2016, Irene Hinz nos atravesó
con esto: “Cuando hace una semana sacaron las viejas alfombras pensé que en
ellas se iban pelos míos, de Marcelo, de mis hijos y de Attila, pedacitos de
nuestras pieles, minúsculas partes de juguetes, polvillo de colores que usaron
para pintar, restos de comida, miles de pequeños fragmentos que componían
nuestra vida en familia, de la que ya no queda nada palpable”. Las alfombras
guardan vidas enteras.
Jorge Lindman se desnudó en una de
sus historias: “A esta altura pido tranquilidad al lector, yo corté la saga
de golpeadores de mi familia, pero creo que pagué un precio muy alto. Me
explico, el no haberme desquitado la mufa maldita -que me dejaron mi abuelo y
mi madre- ni con mi ex mujer ni con mi hija, me convirtió en el perdedor que
soy”.
Y Christiane Dosne Pasqualini nos
dejó esta frase perfecta: “Soy una suertuda en convalecencia”.
En
2017, Rosalía Odessky nos contó una escena que presenció y no se nos va a
olvidar nunca: “Ella quería ir a la sepultura de su novio, que había muerto
hacía poquitísimos días en un accidente, para casarse con él porque ese día
habría sido su boda. Por ese motivo se había puesto con su vestido de novia.
Nunca pude sacarme esa imagen de mi vista”. Tampoco nosotros pudimos.
Paula Ron nos hizo pensar con esta
pregunta: “¿A dónde van mis acentos cuando dejo de utilizarlos?”. Y
Liliana Mandingorra reflexionó: “Pienso y concluyo que yo soy una persona
con una variedad infinita de yoes”.
Daniela Dreyfus, siempre provocadora:
“Mis penas están escondidas, espero que no las encuentren. Les dejo la paz de
no creer en ningún Dios sino en ustedes mismos”.
En
2018, Marta Fingueret sintetizó una paradoja perfecta: “El olvido está lleno
de memoria”.
Liliana Mandingorra volvió con otra
sorpresa: “No tenía idea del por qué, pero a mí me caían muy pero muy mal esas
frases con sujeto sobreentendido”.
Y María Teresa Lavalle nos dio esta
imagen: “El tiempo parecía congelado, como sus pies en las sandalias de taco
chino”.
Para
2019, María Cristina Moreiras nos dio una frase: “En mi familia muchas veces
el silencio se puede leer como un ‘Te quiero’, así somos los gallegos”.
Y Luis Pees Labory escribió sobre la
pérdida de un amigo: “Dice una canción de Alberto Cortés: ‘cuando un amigo
se va, queda un espacio vacío’, bueno, a mí me quedó un espacio vacío muy muy
grande. Tanto, que hasta que pase un buen tiempo no sé si podré dimensionarlo”.
2020:
La pandemia nos encontró escribiendo.
El 2020 nos cambió a todos. Guillermo
Alchouron lo resumió así: “Pandemia significa simplemente miedo. Miedo a
morir. Significa la separación de los seres que se aman. No poder ni dar ni
recibir la expresión física del cariño”. Pero seguimos escribiendo, ahora
por Zoom, con las cámaras encendidas, sosteniéndonos.
Paula Ron nos mostró que la vida
continuaba: “Un día supe que lo habías logrado, cuando te vi que pintabas
tus labios de rojo intenso para ir a la oficina”.
Teyi Guaita expresó lo que todos
sentíamos: “Qué locura, qué castigo habrá caído sobre este planeta para que
estemos viviendo esta vida de encierro...”.
María Teresa Lavalle reflexionó: “La
libertad ese bien tan preciado que por tenerlo no le damos el valor que merece,
hoy la añoramos”.
Y Clara Sas encontró fortaleza: “La
pandemia me conectó con una antigua capacidad de dar pelea a circunstancias
adversas”.
2021-2024:
Seguimos contando
En 2021, Ana Piazzetta escribió sobre
la muerte con una belleza que duele: “La muerte, la única realidad, la única
certeza, la única que nos espera al final del túnel, para darnos todo lo que la
vida no pudo: un abrazo eterno”.
Beatriz Aiziczon nos sorprendió con
esta conexión inesperada: “Los inmensos caracoles de las arenas blancas del
Pacífico fueron capaces de traerme el recuerdo de mi abuela con sus caracoles
traídos de Rusia”.
Tony
Mella nos habló del taller mismo: “Al quitar temores las luces literarias
acceden a ser: ¡Mi Taller Literario! Luz encendida para comprobar la bendita
propia oscuridad”.
Y
Beatriz Aiziczon agregó: “La biblioteca representó un espacio imprescindible
en mi infancia y adolescencia”.
Para
2022, Silvia Winer nos dio esta imagen dolorosa: “Ella, que siempre se
sintió una muñeca brava, como la del tango, ahora se veía como una muñeca rota
en mil pedazos que habría que re armar para que pudiera empezar a caminar de
nuevo por la vida”.
Moisés Burachik nos hizo sonreír con
su ironía cuando escribimos nuestros posibles epitafios : “Aquí yace...,
¡quién diría!, ¿no?”.
Teyi Guaita nos dio una metáfora
perfecta para lo que hacíamos en el taller: “Si somos pacientes para sacar
una a una las hojas de un alcaucil, saboreándolas lentamente, tendremos el
placer de deleitarnos al llegar al corazón. Es como arrancar las capas
superfluas que nos envuelven para dejar ver lo profundo que hay detrás y que
muchas veces es sutil y precioso”. Eso era escribir autobiografía: llegar
al corazón.
Y Guillermo Alchouron reflexionó: “En
la bondad hallamos nuestra sabiduría, que es un camino arduo, ‘como andar en El
filo de la navaja’”.
En
2023, Matilde García Moritán nos regaló una escena de deseo puro: “De
repente nos miramos, y él, despacio, apoya su mano sobre la mía y la acaricia.
En ese momento, por primera vez y quizás única en mi vida, siento algo tan
intenso y tan arrasador, que no puedo respirar, no puedo pensar, solo existe el
deseo de estar ahí. Ansío que ese momento sea eterno. Cierro los ojos y tengo
un pensamiento extraño, quisiera morirme en ese instante”.
Pepe López de Lagar nos llevó al
horror con todos los sentidos: “Y el olor. Ese olor que aún hoy lo siento
como el recuerdo del horror. Era un olor penetrante que estuvo presente durante
mucho tiempo. Una espantosa mezcla de azufre, revoque suelto y carne quemada,
que con el agua de los bomberos, las pérdidas de las cloacas y la fría humedad
del crudo invierno, me hacían temblar de asco y miedo”.
Silvia Furque fue directa: “Creo
que era un padre presente solo para maltratar a sus vástagos y a su mujer”.
Marialex Borel Haurie nos hizo reír
con esta discusión doméstica: “Mariale, por favor, tirá, sino ¿quién lo va a
hacer?, ¡¿dejás todo eso a nuestras hijas?!”.
Julieta de Lourdes Romero nos dejó
esta imagen poética: “Él apenas notaba su presencia, aunque la luz blanca se
reflejara en sus ojos y la hiciera ver más bella”.
En
2024, nuestro año veinte, María Lucila Ocampo escribió: “¡Mamá!, ¡cuántas
cosas te querría contar... pero tal vez callaría para no herirte! Dejo fluir
mis emociones como gotas de agua que se deslizan por mi mejilla y alcanzan mi
pijama”.
Ana Piazzetta cerró con sabiduría: “Entonces,
comprendí que no soy quien para juzgar las andanzas de mis antepasados. Todos
tenemos una familia, cada familia tiene una historia, cada historia está
moldeada por el contexto y las versiones de esas historias cambian según quien
la cuenta”; y con voces nuevas como la de Graciela Mazzuchi con una
despedida que busca sellar una amistad: “Yo pienso quedarme siempre con
ustedes en el pensamiento, así puedo volver en cualquier momento”.
Silvia Furque nos dio una imagen
memorable: “El diseño de los canteros era extremadamente caprichoso. Eso
tenía una explicación: se había desplomado su casa por la acción de terremoto,
y solo habían quedado en pie los cimientos de piedra. Allí, donde la tierra
borraba la huella del terreno, había diseñado los canteros de piedra. ¡Esa
secreta forma del tiempo!”.
Y
Jorge Lindman nos dejó una última provocación: “la felicidad no da
dividendos literarios, la buena vida sólo rinde frutos escritos en la revista
Hola y por lo tanto la gran literatura ha sido y será siempre una suerte de
válvula de escape social del infortunio humano”.
Una de las editoriales recordó por qué hacíamos
todo esto: “Escribimos para conmover, entretener, jugar, aprender, recordar,
no olvidar, echar algo de luz al misterio de vivir y, casi siempre, para ser
amados y comprendidos”.
Veinte años. Veinte libros. Decenas de voces que
se atrevieron a decir yo estuve, yo viví, yo sentí. Y aquí seguimos, todavía
con ganas de seguir escribiendo una historia más.